Un solo hombre tiene en jaque a una nación

Basta leer esta carta dirigida a Miguel Grau un mes y seis días antes de la tragedia de Angamos para tener una idea de lo que el héroe significó para el Perú y para sus enemigos.

Miguel Grau – ilustración de Óscar López Aliaga.

Ilo, Setiembre 2 de 1879

Señor contralmirante

Don Miguel Grau

Mi muy respetado amigo:

Aunque lo supongo a usted atareadísimo con la lectura de la inagotable cantidad de cartas de felicitación que le estarán llegando de todas partes por el ascenso a contralmirante de la armada peruana con que las Cámaras acaban de recompensar los inmensos servicios que ha prestado usted a la patria en la actual guerra con Chile, no quiero sin embargo privarme del placer de hacerme presente a usted en estos momentos.

Si para ello tuviera que pecar de importuno y distraerlo un momento de sus más serias ocupaciones, la sincera amistad que le profeso y la profunda estimación que tengo para con usted me servirán de disculpa.

El dictamen de la comisión de premios y el discurso del señor don Carlos Elias, que no son sino la fiel interpretación de los sentimientos que abriga cada uno de los peruanos, son manifestaciones que honran a usted en alto grado; sin embargo, si bien estoy contento de ver que todo el país hace justicia a sus méritos, le declaro francamente que no estoy satisfecho con lo que se ha hecho en las Cámaras.

Todos vemos en usted al salvador de la patria; en la conciencia de cada uno está que si el Perú no ha sucumbido en esta guerra que se inició en condiciones tan desfavorables para nosotros, lo debemos exclusivamente a usted, señor Grau, que se ha propuesto que nadie le dispute al “Huáscar” el señorío de los mares y que lo ha conseguido, gracias a su pericia, a su audacia, a su serenidad y a su generosidad, que es ya proverbial en el mundo entero. Ha logrado usted hacerse temer y respetar por el enemigo, y lo que es más aún, que en medio de su pavor, los chilenos demuestren sin embozo su gratitud y solo tengan palabras para elogiar al noble comandante peruano que con mano firme los castiga durante el combate, pero que también les extiende esa misma mano para socorrerlos en su desgracia.

Con razón dicen todos que es usted el orgullo de la patria; todo peruano debe llevarlo a usted en su corazón y manifestarle su gratitud. Sé perfectamente que su conocida modestia se subleva contra estos merecidos elogios; pero no importa; preciso es también que a la amistad le conceda usted un rato de expansión. Usted tiene la suerte del Perú entre manos; suficientes pruebas ha dado usted de que por difícil y pesada que sea la tarea, no por eso esté más allá de sus fuerzas. Paso ahora a manifestarle por qué no estoy satisfecho. Por más que busco algún otro peruano que se haya hecho acreedor a la gratitud nacional en igual grado que usted, no lo encuentro, y esto no impide que hayamos tenido y tengamos varios contralmirantes. De aquí deduzco sencillamente que no se le ha recompensado a usted debidamente, puesto que, habiéndose usted colocado, por los servicios que ha prestado, muy por encima de todos los demás, natural y muy justo era que por su grado se le colocase también en un nivel superior a todos. En buenos términos, si yo hubiese sido diputado habría pedido para usted, como recompensa de sus servicios excepcionales, el puesto de vicealmirante.

Sin embargo, abrigo la confianza de que pronto se le hará plena justicia, y que la nación entera lo llamará al primer puesto de la República.

No sé si usted recordará que ahora cinco años, cuando la revolución de Piérola, brindé en casa por el contralmirante Grau; parece que si bien tengo el defecto de adelantarme, no por eso dejo de salir con la mía. En ocasión no muy remota tal vez, volveré a hacerme presente a usted para recordarle lo que llevo dicho anteriormente.

Sabemos que el “Huáscar” se ha batido cuatro horas en Antofagasta con los fuertes y buques chilenos y que por segunda vez logró usted apagar los fuegos enemigos. Ocioso sería felicitarlo por cosas que usted hace cuando se le antoja. Estamos impacientes por tener detalles. El parte que se nos ha trasmitido es muy lacónico: apostaría a que ha sido redactado por usted.

Por acá temen todos un desembarco de los chilenos; lo que es yo no me puedo figurar siquiera que tal proyecto se les ocurra seriamente a los chilenos mientras que sepan que el “Huáscar” anda por el sur. Qué bonito festín el que le prepararían para usted si viniesen unos diez o doce transportes en convoy con los famosos blindados que, gracias a usted, han caído en el ridículo más completo. Ya me figuro al “Huáscar” introduciéndose a medianoche entre ellos, y el laberinto que metería en esa expedición disparando sus cañones a diestra y siniestra, mientras que los blindados se quedarían con sus bocas abiertas sin poderle hacer nada, por temor de echar ellos mismos a pique a sus compañeros.

No sé si sea error de concepto o efecto de la confianza ilimitada que tengo en usted, pero me parece que cualquiera expedición que hagan los chilenos está usted llamado a desbaratarla.

Me voy extendiendo demasiado y estoy abusando de su paciencia.

Matilde me encarga lo salude muy afectuosamente y lo felicite en nombre de ella por sus repetidos triunfos. Tiene usted en ella una entusiasta admiradora de sus proezas.

Reciba usted, señor contraalmirante, un fuerte abrazo de su sincero amigo que hace votos porque la Providencia lo acompañe hasta el fin de esta cruel campaña y lo devuelva con salud al seno de su estimable familia, para quien cada día de victoria y de gloria debe ser un siglo de ansiedad y de martirio.

Tan cierto es que ante las angustias del corazón todo lo demás no existe.

Suyo de corazón,

EDUARDO LÉRTORA.

La gorra del gran almirante en el Museo Naval.

Setiembre 3

En este momento nos llegan los pormenores del combate del “Huáscar” en Antofagasta: batería de a 300 inutilizada; “Abtao” averiado; sus dos comandantes heridos; muchos chilenos muertos; Ministerio Varas caído; protesta de los buques extranjeros sobre el modo de pelear los chilenos.

¡Cuánta gloria le está usted proporcionando a la patria! ¡Extraña guerra esta en que un solo hombre tiene en jaque a toda una nación entera! Todo lo que deseo es que Dios lo conserve con salud hasta el fin, para que pueda usted recoger los frutos de la obra de abnegación que ha emprendido usted y está llevando a cabo con tan felices y gloriosos resultados. Todos los héroes chilenos juntos no alcanzan al tobillo del contralmirante Grau. En Chile sería usted ya un semidiós: no permita Dios que el Perú se muestre ingrato para con su salvador.

Veinte abrazos por cada una de las buenas noticias que hemos recibido.

Su afectísimo amigo,

EDUARDO LÉRTORA