La humillante captura del transporte chileno «Rimac»

Cuánta rabia destila el relato que hace el historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna de la captura del transporte artillado «Rímac» y su riquísimo botín. Y con qué desprecio habla de los jefes negligentes que permitieron que el «Huáscar» y la corbeta «Unión» se pasearan como en su casa por puertos chilenos en aquel julio de 1879. Grau, sin embargo, no bombardeará puertos casi del todo indefensos como sí lo hizo la escuadra chilena con Iquique.

 

Abordaje peruano del transporte Chileno Rímac el 23 de julio de 1879

 

Aguijoneado el general en jefe del ejército acantonado en Antofagasta por la impaciencia del país, ya harto de esperar y profundamente contrariado por la tardanza en todo y especialmente en las operaciones militares, solicitó a mediados de julio de 1879 el envío de odres de agua fabricados de cuero de buey, como los que Mario usara hace dos mil años contra los númidas en las arenas africanas. El desierto se impone con iguales leyes al hombre y sus empresas.

Accedió a ello el gobierno de buen grado, dando así testimonio público de que no entraba en su ánimo deponer al jefe del ejército de su mando sino exigir de él mayor empuje en la campaña, y si bien el envío de un cuerpo de caballería en el grado inicial y todavía incierto que alcanzaba aquella, se presta a severa discusión bajo un punto de vista militar y topográfico, el hecho fue que se dieron hasta con precipitación las órdenes de marcha al hermoso escuadrón de 240 plazas y con tallas escogidas en toda la República que había organizado en Santiago el teniente coronel don Manuel Bulnes.

A las dos de la tarde del viernes 18 de julio, recibió este jefe en su cuartel de la Alameda la orden de embarcarse al día siguiente; y con tal prisa partió la tropa en los trenes de la noche, que la mayor parte de los oficiales y soldados no alcanzaron a despedirse de sus familias y varios de sus valiosos caballos fueron muertos por un descarrilamiento.

Más que viaje, parecía aquello una «carga de caballería». El comandante Bulnes, acompañado por algunos oficiales y sus hermanos don Wenceslao (mayor del cuerpo) y don Gonzalo, se encaminó al día siguiente por el tren de la mañana al puerto, y desde la estación y en la barca de un fletero, se dirigió al Rímac, a cuyo bordo estaba ya todo amontonado como de costumbre, hombres, caballos, forrajes, vestuarios, pertrechos, el almacén inmenso y variado de la intendencia general del ejército, en una palabra. El Rímac debía partir aquella misma tarde.

Pero a las 2:18 minutos de la tarde llegó por el cable la contraorden de Antofagasta en la cual el señor Santa María decía lacónicamente estas palabras:

Que no salgan y espere aviso. Eran estas palabras el oportuno rebote de la sorpresa y ansiedad que había producido la presencia de los buques peruanos en la noche precedente. Impacientado el comandante Bulnes por la demora, insistió algo más tarde en aquel día por obtener alguna noticia más explícita de Antofagasta, y el señor Altamirano volvió a interrogar al ministro en comisión sobre la oportunidad de la partida. Ya he dicho a usted que espere aviso, contestó secamente el ministro. Más algunas horas después llegó el fatal despacho.

¡Que salgan mañana!

Y con esto quedó todo consumado.

¿Qué motivaba la repentina mudanza en los pareceres del ministro?

Una circunstancia muy sencilla y muy justificada. El Cochrane había llegado y su presencia en las aguas de Antofagasta bastaba para ahuyentar todo peligro. El ministro tenía su perro de presa atado al muro, y así bien podía suceder que los merodeadores de la noche la sacasen mal si llegaban a acercarse a sus fauces de acero.

Hasta allí todo estaba bien, y la gran responsabilidad que el señor Santa María, convertido en una hora en general en jefe del ejército y en dictador político, echaba sobre sí, podía ser llevada dentro de liviano corazón y sobre ancha espalda. Lo que quedaba por averiguarse únicamente era la prisa singular de aquella medida, cuando no había ni el menor indicio de una próxima expedición sobre el enemigo.

Pero el señor Santa María cometió en un solo acto dos errores funestos, que acusaban su poca versación en las cosas de la guerra y especialmente en las cosas de mar, tan volubles como sus olas. Y esos engaños sucesivos fueron imaginarse que los emprendedores peruanos habían regresado al norte, porque así lo fingieron desde Mejillones, y enseguida, y esto era harto más grave, enviar el Cochrane a Tocopilla a desempeñar una comisión secundaria y sin urgencia del servicio. Se dijo entonces que sólo se trataba de la remisión de unas cuantas mulas y de un agente de confianza despachado por aquella vía al campo enemigo.

Verdad es que el comandante Simpson recibió las instrucciones más perentorias y precisas para ajustar su itinerario al cronómetro y estar de vuelta a tal hora y a tal minuto. Pero, ¿ignoraba por ventura el delegado del gobierno que en la marina no es dable gobernar los buques como en tierra los ómnibus que llegan y parten a horas fijas por reloj?

Entre tanto, el predestinado Rímac, conforme a la última palabra del telégrafo, se hizo a la mar el domingo 20 de julio a las 12 y 20 minutos de la tarde en compañía del Paquete de Maule, vapor pequeño y moroso que llevaba algunos reclutas, víveres y caballos.

Y no se había perdido del todo en el horizonte el penacho de humo que anunciaba el derrotero del convoy, cuando un empleado del telégrafo puso sobre el despacho del señor Altamirano, a la sazón comandante general de marina, un despacho cerrado en que se le anunciaba la más estupenda nueva ocurrida durante la guerra después del combate de Iquique.

La Unión entraba en ese momento (dos de la tarde) al puerto de Caldera en son de guerra, y se presumía que en pos de ella vendría el Huáscar. Por desdicha, como era aquel día festivo, el comandante general de marina se había ido de paseo a Viña del Mar, y ni siquiera estaba abierta la oficina del cable submarino. La guerra se hacía descansadamente y con feriado.

El despacho, en vista de esto, fue abierto sólo a las 6 de la tarde; y ya a esa hora no había remedio eficaz contra el peligro. Verdad es que el hermano del comandante Bulnes, que retenía todavía en su pecho el calor del último abrazo fraternal a bordo del Rímac, propuso en su noble angustia mil medios de salvación al comandante general de marina; pero todos eran inútiles. El único buque de que podía echarse mano para dar alcance al convoy era el Amazonas, y este se hallaba en reparación y con su máquina desarmada.

Cierto era también que a esas horas venían navegando desde Copiapó hacia Coquimbo la corbeta Chacabuco, el transporte Copiapó y el vapor Tolten, pero en obedecimiento al acertado aviso del intendente de Atacama sobre la aparición de los peruanos, el de Coquimbo había apurado la partida de los otros, ordenándoles fuesen a ponerse al abrigo de los fuertes de Valparaíso. Además la Chacabuco venía con sus calderos rotos y navegaba a la vela. Se hicieron cargos violentos en aquel tiempo, en la prensa y en los círculos políticos, al señor Altamirano por no haber accedido a las apremiantes solicitudes del hermano del comandante de carabineros. Pero en todos ellos hubo la injusticia de la pasión que arrebata o del dolor que extravía el criterio tanto como el encono.

A la hora en que se recibía el aviso de hallarse la Unión custodiando la boca del puerto de Caldera (seis de la tarde) el Rímac estaba irremisiblemente perdido, a menos que interviniera una de esas peripecias del acaso y la fortuna que son los milagros del océano. Deber nuestro es también agregar que en la conferencia un tanto agitada que sostuvieron el hermano del comandante Bulnes y el comandante general de marina, terminó este por escudarse de toda responsabilidad con un imperativo mandato del presidente de la República, recibido en aquella mañana, para hacer salir sin dilación al Rímac.

El plan de los buques peruanos lanzados al corso en las costas de Chile había sido, en efecto, sagazmente preparado: y como de costumbre entre ellos, requería más maña que atrevimiento. El bloqueo inconcebible de Iquique daba para todo, hasta para bombardear de capricho a Valparaíso.

Por otra parte, el general Prado no se resignaba a no poner en ejecución su favorito plan de sorpresa y destrucción del ejército de Antofagasta que en mayo había frustrado la maravillosa conjunción de dos sublimes heroísmos, el heroísmo de Prat y el heroísmo de Condell. Y hoy, que gracias al bloqueo, la Unión había salido flamante del dique del Callao, después de tres meses de refacción, bien podía tomar el puesto de bombarda que en el plan primitivo venía asignado a la Independencia.

Al amanecer del 17 de julio salieron, en consecuencia, los dos buques en convoy con destino  secreto a Antofagasta, cuya plaza debían sorprender en la alborada del 19. Tomaron con este fin gran altura, y habiendo pasado frente a Pisagua, a las 12 del día, y de Iquique al caer la tarde del día de su partida, continuaron rumbo al sur durante la noche de aquel y la mañana del 18.

Pero quiso la fortuna de Chile que, a su paso y desde la distancia, presentarles el surco de un barco que creyeron enemigo, y lo persiguieron con tenacidad. Era este la cañonera de la marina francesa Hugon, en viaje de Coquimbo a Arica; y como su arboladura fuese muy semejante a la del Abtao, el Huáscar se entró en su demanda hacia la ensenada de Mejillones. Y así fue cómo, por el aviso de tierra y a lomo de caballo que antes recordamos, quedó frustrado su fatal intento. Sin esa extraña casualidad, los buques peruanos habrían ganado sin ser vistos la boca del puerto de Antofagasta a medianoche, y una vez tomadas sus dos salidas por el sur hacia el norte ¿habrían escapado el Itata y el Loa como escapó por mero acaso el Rímac en mayo?

Y enseguida, ¿habría quedado incólume la población y el ejército y las salitreras y las máquinas de sacar agua, cuando el Cochrane habría llegado humanamente sino cinco o seis horas más tarde a su destino?

La bandera amiga de Francia cubrió esta vez la de Chile, y hubo esta curiosa circunstancia que el Hugon, escapado de los peruanos, fue perseguido ese mismo día como buque sospechoso por el Cochrane.

Desvanecida la empresa de Antofagasta, conferenciaron los comandantes Grau y García y García, que mandaban la expedición, y resolvieron adelantarla al sur hasta Coquimbo, si era posible en una cruzada de simple merodeo.

Prosiguieron en esta virtud su derrotero y con feliz estrella, porque el mismo día 19, capturaron la fragata Adelaida Rojas con dos mil toneladas de carbón, presa que valía 50 mil pesos y que fue despachada en el acto al Callao.

Se aproximaron al día siguiente al puerto minero de Chañaral, y en su vecindad, se echaron sobre el bergantín Saucey Jack cargado con metales de cobre, y enseguida destruyeron todas las lanchas de aquel rico y antiguo embarcadero del desierto. Pasaba en esos momentos (las 12 del día 20, hora en que partía el Rímac de Valparaíso), el vapor de la carrera Santa Rosa frente a la boca de Chañaral, y a fin de que no llevase prematura alarma a Caldera, ordenó el comandante Grau a la Unión se adelantara a ese puerto y lo guardara, en caso de existir al anda algún transporte. Y fue ese momento de suprema ansiedad en que el telégrafo transmitió a Coquimbo, a Valparaíso y a Santiago la noticia sorprendente y casi inverosímil de que los buques peruanos se paseaban impávidos por nuestras costas.

La Unión, en efecto, montó la guardia del puerto desde antes de las dos de la tarde, y cuando el Santa Rosa entró a la bahía en cumplimiento de su itinerario, se le puso en banda, como si hubiera sabido que venía a bordo el ex-general en jefe del ejército, embarcado desde el día anterior. Pero en lugar de ejecutar actos de extracción, la corbeta peruana envió a bordo del vapor once de los tripulantes chilenos capturados en la Matilde Rojas, y que eran un embarazo a su bordo.

A las seis de la tarde llegó a su turno el Huáscar, y entró hasta el medio de la bahía con su consorte, ambos en son de combate pero con aire más indeciso que resuelto. Era evidente, sin embargo, que no se proponían devolver a la casi indefensa población de Caldera los cañonazos nocturnos que en hora infausta disparara a Iquique nuestra escuadra, hacía cuatro días.

Se hallaba defendido Caldera más por el generoso entusiasmo de sus hijos, que por tres cañones de a cien, montados a toda prisa al norte y sur del puerto. Los artilleros eran bisoños, la plataforma de reciente construcción, pero el Atacama estaba allí, guardando la entrada de su valle, y se hubiera dicho que su heroico espíritu había bastado a sujetar el brazo de los merodeadores.

Lo que enseguida sucedió en aquella noche memorable está contado gráficamente en la serie de telegramas que copiamos a continuación:

(A las 9:10 de la noche.)

Señor ministro de la guerra:

«El enemigo permanece mudo en la bahía.

En los fuertes hemos preparado las fuerzas y los proyectiles que teníamos.

Una compañía del batallón Atacama defiende cada fuerte, y el resto de las otras dos compañías con la brigada cívica se ha escalonado en la playa, dispuesto a defenderse si el enemigo intenta desembarcar, tomar carbón o echar lanchas a pique.

También he hecho venir de Copiapó a los bomberos con su tren de bombas y armados para un caso necesario. El entusiasmo y actitud patriótica, tanto de la tropa como del vecindario, son dignos de todo elogio y aseguran que la causa de Chile tiene buenos defensores.

Son las nueve de la noche y no ocurre otra novedad. G. Matta

Capitán de navío Nicolás del Portal, comandante de la «Unión».

 

Julio 21.

(A las 12.05 p.m.)

Señor presidente:

«Me avisa el empleado de Carrizal Bajo, que en este momento se ocupa la Unión en echar a pique las lanchas que hay en ese puerto. El Huáscar sigue muy tranquilo en Huasco.

Dios guarde U. S. A. E. Herrera.»

(A la 1.35 p.m.)

«A la 1.35 minutos el telegrafista de Carrizal comunica al de la oficina de la Moneda que el Huáscar amarraba lanchas en el Huasco, para incendiarias y que de Freirina habían salido dos piquetes de tropas, uno para Carrizal Bajo y otro para Huasco, con el objeto de impedir desembarco.»

Continuó el monitor peruano ejecutando su cómoda tarea de destrucción hasta el puerto del Huasco, como deja verse por los despachos anteriores, y fue clemencia o magnanimidad de su parte no adelantarse hasta Coquimbo, cuyos cañones, como en todas partes, estaban desmontados.

En Carrizal, lo mismo que en Huasco y en Chañaral, quemaron todas las lanchas que hubo a mano, haciendo de ellas con el descanso de verdaderos leñadores una pira, como hubieran podido hacer, si de ello les hubiera venido el lento apetito, una «pila de carbón», a la manera de nuestros campesinos. Tiempo sobraba para todo.

De allí, a la mañana siguiente, torcieron sosegadamente rumbo al norte, y el 22, entrando otra vez a Chañaral, sacan de su fondeadero la barca Adriana Lucía de la Compañía de Lota, que incautamente había llegado a aquel paraje con un cargamento de carbón de piedra. Esta tercera presa fue despachada como las anteriores al Callao; y mientras el Huáscar se ocupaba en remolcarla tranquilamente, la Unión iba a destruir todos los elementos de embarque en la caleta vecina de Pan de Azúcar. De esta suerte, durante tres días de regalada excursión, los peruanos visitaron cinco puertos de Chile, destruyeron por completo su movilidad e hicieron tres presas que valían más de cien mil pesos.

Pero entre tanto, el bloqueo de Iquique, que era la inmovilidad junto con el oprobio (Deshonra o vergüenza pública), continuaba inalterable, y en los dieciocho meses que llevaba de duración la guerra, hasta el momento en que comenzamos este segundo volumen de su historia, nunca jamás han sido visitados los puertos comerciales del Nor Perú, excepto Paita en una o dos ocasiones, por las naves de Chile.

Al fin, hartos de botín, de impunidad y de fortuna, los jefes de los dos corsarios peruanos resolvieron en la noche del 22 de julio poner proa al norte para ir a tentar algo sobre Antofagasta. Era esa la noche en que el Rímac debió entrar tranquilamente a Antofagasta, pero la suerte, cansada de favorecer a Chile, lo detuvo a 25 millas de su boca. Y a ese mismo sitio ordenó el comandante Grau se dirigiera la Unión aquella noche, prescribiéndole, como de mayor andar, que allí le esperara al amanecer del 23, a 25 millas del puerto.

¿Quién había dicho al peruano que allí, en ese paraje preciso y a aquellas horas, estaría el Rímac aguardándolo?

Parecería todo esto obra de cabalística combinación por la precisión y el encadenamiento de los sucesos; pero sea como fuere, el transporte chileno había rehusado entrar por la noche a la bahía libre y segura, y se había quedado a su puerta hasta la hora en que llegaron a capturarlo los enemigos. Hemos dicho por esto que el Rímac era un buque predestinado. Asistamos en consecuencia al final de la bien urdida tragedia, que ya es tiempo.

Dejábamos en el capítulo que precede al transporte Rímac navegando en aguas invernales pero bonancibles, acompañado del tardó transporte Paquete de Maule con rumbo a Antofagasta desde el mediodía del domingo 20 de julio. Al caer la noche los dos buques se separaron frente a Pichidangui, ciñéndose a la costa el Paquete de Maule, por su escaso andar, y ganando 30 millas mar adentro su más rápido consorte, conforme a sus instrucciones. Iba el Rímac en las peores condiciones de servicio, de estiba y de armamento.

Por el sistema que en Chile inventó los almofrejes (cubierta) y las petacas, se había metido en sus fondos y en su cubierta cuanto se había tenido a mano, además de la tropa, sus arreos y sus caballos. Llevaba de esta suerte el transporte en su bodega 700 toneladas de carbón y en su cubierta 500 fardos de pasto, materia que forma la vacías de la chicha de los valles pero repletas de agua dulce, artículo de pésimo acomodo para los buques.

«El Rimac, contaba un narrador ocasional a «Los Tiempos» y testigo presencial de aquel laberinto, estaba completamente cargado con carbón, pasto y hasta agua dulce. En el entrepuente se hallaban alojados 200 caballos, todos animales gordos y escogidos.

Aún se veía pasar al costado del buque dos lanchas con 40 o más caballos, que no siendo posible colocar en este transporte iban a ser embarcado en el Paquete de Maule.

» En cuanto a su armamento de guerra no pasaba este de un grotesco aparato.

«En el mismo entrepuente, agregaba el escritor citado, y casi sobre los caballos, iban sobre sus cureñas cuatro cañones lisos, de a 32 libras de los que montó cuando vino de Europa la corbeta Esmeralda. Esa artillería, sobre ser completamente inútil para un buque de hierro como el Rímac que sólo podía defenderse con ciertas esperanzas de éxito con piezas rifladas de largo alcance, estaban en un estado que daba pena. Aparte de hallarse todas sucias, su montaje era de lo más chabacano. Basta decir que las cureñas estaban aseguradas a los pilares de hierro con cables o correas….».

Lo único que a la verdad era digno de respeto en aquella barahúnda del negocio y de la imprevisión, era la bizarra tropa que amontonada conducía a su bordo en número de 240 hombres, de  comandante a corneta.

«Los carabineros de Yungay, dice un testigo de su partida, toda gente escogida, se hallaban casi en su totalidad charlando sobre la cubierta del buque. Nuestros bravos creían que si la suerte les era adversa, caerían como buenos en el campo de batalla luchando por la honra de la patria, sin sospechar siquiera que el destino les deparará el terrible trance de caer sin poder defenderse en manos peruanas

Iba por lo demás el buque a las órdenes de un comandante experimentado, el antiguo y popular capitán Lautrup, alemán al parecer de nacimiento, y nominalmente a las del desgraciado capitán de fragata de la marina de Chile, don Ignacio Luis Gana, quien ¡caso inverosímil! debía tomar su mando solo cuando entrara en combatir, es decir, cuando estuviera yéndose a pique, porque otro género de defensa honrosa aquel barco no tenía. Andando el primer día 9 millas con mar llana, y más rápidamente los dos subsiguientes el Rímac cumplió su itinerario acostumbrado poniéndose a las puertas de Antofagasta en cincuenta y seis horas. Pero, como antes dijimos, pudiendo entrar sin un solo peligro verdadero, tuvo recelo el capitán Lautrup de encontrarse con enemigos y se aguantó sobre su máquina para esperar la luz del día. Un traidor no lo habría hecho mejor para entregar tan valiosa presa al enemigo, y sin embargo en el capitán Lautrup no fue aquel sino un falso concepto de la cautela y del patriotismo.

Era la alborada del «miércoles» (día que los santiaguinos juzgan de fortuna para sus armas), del miércoles 23 de julio, y consecuente a su doble cita, el Rímac se aprontaba para entrar al puerto en hora y media más de tiempo, mientras la Unión se aprestaba para juntarse con el Huáscar, en aquel preciso paralelo. Por entre la parda vislumbre de la bruma matinal, creyó en efecto, el ojo ejercitado del capitán Lautrup, que velaba en el puente, divisar a las seis y diez minutos de la mañana un tenue humo por su mura de estribor, es decir, por el lado de la costa, y a una distancia como de ocho millas. Juzgando que aquella nave no podía ser sino el Cochrane que venía a su encuentro, según anuncio que al partir le hicieron en Valparaíso, puso el capitán civil su proa al encuentro para acortar distancias. A cuatro millas y claro ya el día, el capitán Lautrup reconoció su funesto engaño:

«E inmediatamente, dice él mismo con teutónica ingenuidad, me dirigí a donde el capitán de fragata, señor Ignacio L. Gana, y le manifesté que, según mi respectivo contrato, desde el instante en que se avistaba un buque enemigo, debía entregarle el mando del buque a él que era el designado para su mando

Parecería el párrafo anterior copiado de humorística comedia, como la del Héroe por fuerza, por ejemplo, pues de él resulta que quien no tenía ni la más leve responsabilidad de las operaciones, ni en el manejo interno del buque, debía tomar sobre sí los riesgos de la derrota apenas asomase esta en el campo o en el puerto su descompuesto rostro.

Pero tal como estaba estipulado en el respectivo contrato, el desgraciado capitán Gana, que iba a bordo en calidad de verdadero pasajero, se recibió del mando del transporte cuando marchaba a inevitable e inmediata perdición.

Un solo camino quedaba, entretanto, en aquel apurado lance al Rímac, desde que el combate era una demencia: huir.

Y eso fue lo que hizo. Pero gracias a su excesiva y voluminosa carga y al andar prodigioso de su adversario, la caza comenzó bajo fatales auspicios desde el primer momento. El Rímac huía y huía ya al norte, ya al nordeste, ya hacia tierra, pero la corbeta peruana se le entraba por todos los rumbos y traía ya al transporte al alcance de sus miras de proa con las cuales le hacía por la popa certeros disparos.

El Rímac le contestaba apenas con sus cañones de burla, amarrados como perros, a los postes.

El transporte no se rendía, sin embargo, ni arriaba su bandera, porque por fortuna, y conforme tal vez al respectivo contrato, no la llevaba.

Al contrario, el comandante Bulnes, profundamente mareado, llamaba a su camarote a los oficiales de mar y les proponía tentar un abordaje a sable, lo que en aquella situación era simple ensueño del pundonor herido que fascina y del mareo que perturba.

Las balas atravesaban ya el cuerpo del buque y había muerto un carabinero, quedando cuatro malamente heridos, y el buque huía, solo porque podía huir. La caza duraba ya cuatro horas.

Pero cuando, como último refugio, el perseguido transporte había puesto resueltamente proa a tierra para estrellarse entre las rocas, le salió de atravieso el Huáscar, que llegaba con retardo a su cita, y disparándole una bomba de 300, que vino a caer cerca de su proa, le intimaba de esa perentoria manera, perentoria rendición.

El Rímac estaba perdido, y con aquella última y no esperada maniobra quedaba en poder de sus afortunados captores que en el acto se apoderaron de él conduciéndolo intacto a Arica.

Llegaba a ese puerto el convoy victorioso dos días más tarde, esto es, en la mañana del viernes 25 de julio, con la circunstancia de que, por una cobarde ufanía, atribuida al comandante de la Unión, hacía desfilar su trofeo llevando al tope la bandera de Chile ignominiada y supeditada por la del Perú, que flotaba en los mástiles mayores del transporte.

Contra acción tan villana y tan pueril protestaron más tarde los oficiales del Huáscar a quienes se atribuyó tal bajeza, y a fe que tuvieron razón en demasía, porque aun tomado en buena lid de guerra, que no en fácil asaltó, un pabellón enemigo es siempre digno de reverencia y aun de la solemnidad de los altares.

Tal fue la captura del Rímac contada con la llana ingenuidad de la historia. Se ensañó en los días de su consumación el espíritu popular con indecible ira sobre el nombre del jefe militar que tuvo el precario mando de la nave en su última hora, porque es ley del individuo egoísta como de la masa ciega y apasionada, encontrar siempre en toda gran desventura un gran culpable. Pero está hoy, en horas más serenas, suficientemente probado que el capitán Gana, sin ser por esto ni con mucho un héroe, hizo lo que le fue posible en la posición absurda y verdaderamente ridícula para su profesión en que con un contrato de comercio le hacía navegar.

Es cierto que hubo detalles que revelaron evidente turbación, como el no inutilizar los caballos ya que no se juzgó acertado arrojarlos al mar. Pero para hacer efectiva la mayor parte de las medidas de salvamento o destrucción que la opinión exaltada reclamaba, habría sido preciso que el buque no hubiese confiado su última esperanza y su última maniobra a la fuga.

¿Cómo, en efecto, romper las máquinas si el buque iba impulsado por toda la fuerza de esa misma máquina?

Se habló también en aquel tiempo de abordaje y su heroísmo, pero esto con soldados mareados y de caballería que se embarcan por primera vez, no pasaba de fantástica quimera. La Esmeralda misma no pudo, estando inmóvil, abordar sino con un grupo que fue sacrificado en un segundo.

Se reprochó asimismo no haber abierto las válvulas de inmersión… ¿Pero quién tomaba la responsabilidad del postrer heroísmo? ¿El capitán de comercio o el capitán de guerra? Y hecho eso, ¿quién respondía de los daños por la hazaña al país y por su precio a sus dueños?

Llegó hasta decirse en Santiago que el Rímac y sus tripulantes pudieron llenarse aquel injusto día de gloria corriendo a estrellarse contra el Huáscar para quedar hecho tortilla. Y milagro fue que no sostuviera alguien por la prensa que el comandante Bulnes debió haber hecho ensillar su caballería, y convertidos los carabineros en tritones, haber ganado una mitad a nado, carabina a la espalda y sable en mano, la Unión, y la otra mitad el Huáscar, como Páez y sus guerrilleros del Alpure cuando asaltaron los buques españoles en el charco de Maracaibo.

Más justiciero el destino que las pasiones, se había, entre tanto, encargado de repartir la culpa de tal manera que todos la tuvieran a la vez, porque a pesar de los errores cometidos por el señor Santa María, haciendo al cable confidente de sus mal fundadas ilusiones, hubo un momento en que el Rímac, aún perseguido por los peruanos, pudo quedar a salvo y aun trocar su apuro y su cuita en espléndida victoria; porque habiendo regresado el Cochrane de su excursión a Tocopilla en la mañana del 22, lo despachó al mediodía con encargo de convoyar, haciéndolo acompañar para mayor seguridad por el Itata.

¡El Rímac estaba otra vez impensadamente salvado!

Pero ¡oh ciega fatalidad! interrogado el intendente de Atacama, momentos después de la partida del blindado, por la suerte de los transportes, sin precisar rumbo por la economía de los centavos, entendió el último funcionario que se trataba del Copiapó y del Token, y contestó sin nombrarlos a su vez: Transportes regresaron a Valparaíso.

Si el intendente de Atacama hubiera puesto en su lacónico telegrama esta sola palabra, Rímac, el transporte quedaba rescatado y la jornada de Angamos hubiera llegado tal vez tres meses antes para Chile.

Pero se entendieron todos en Antofagasta, en Valparaíso y en Caldera por baratos monosílabos, tasando las palabras por centavos, y como si el país se hubiera vuelto torre de Babel, supusieron los del primer puerto que el Rímac estaba salvo en Valparaíso, y mandaron el vapor Loa a alcanzar al convoy chileno con el telegrama de Copiapó: ordenándole torciera rumbo a Caldera en demanda de los peruanos.

¿Y no es verdad que transportado todo esto al escenario del drama, hubiera parecido un ingenioso tejido de traviesa fantasía?

Quede, por lo tanto, establecido que era indispensable ahora para que el Rímac se salvara, que el Loa y su comisario (don Máximo Lira) no dieran alcance al Cochrane, resultando que ahora sobraban medios para enviar funesto aviso, cuando en Valparaíso y en Coquimbo habían faltado por entero a fin de hacer siquiera desde la distancia la señal salvadora del peligro. Una fogata en la punta Lengua de Vaca o en otro paraje adecuado de la costa, y señalado de antemano, habría sido suficiente.

Pero el Loa dio pronto alcance al convoy de custodia, y ahuyentado de su rumbo, volvió a perder-se, y esta vez sin socorro, el fatal transporte que llevaba en sí mismo nombre aciago.

Pero no. El drama no está completo. Porque ahora resulta evidente que si el blindado hubiese entrado en combate, habría podido servir como de boya a los disparos de los enemigos, pues iba en su demanda sin carbón; y así ¡ oh, vergüenza!, ¡oh, desgobierno!, ¡oh, impunidad de la guerra! entró el terrible acorazado el siguiente día 9 remolcado a soga por el Itata al puerto de Caldera.

Era aquella en miniatura la repetición del regreso del Callao, en el cual el buque mejor provisto de carbón tenía al llegar a Iquique nueve toneladas. El Cochrane no tenía ahora una sola.

Y todo eso se llamaba guerra. Y así procedían los generales y los ministros, los intendentes y los comandantes de marina, los comandantes de buque y los proveedores de la escuadra: todo el mundo, de capitán a paje y de presidente a celador.

La situación comenzaba a hacerse demasiado violenta, y delante de la culpa colectiva de tantas altas y subalternas entidades responsables, el paciente país comenzaba a poner sañudo rostro y a alzar lenta pero pesadamente el brazo y la cerviz».

Corbeta «Unión «de 1,600 toneladas, comprada a Inglaterra en 1864.
Velocidad: 12 a 13 nudos. Tenía 16 cañones.