El deplorable estado de Bolivia

Esta es la carta que el embajador del Perú en La Paz le envía al canciller del Perú, Manuel Yrigoyen Arias, seis días después de que Chile hubiese invadido Antofagasta. El cuadro que describe es espantoso.

 

Manuel Yrigoyen, canciller del Perú cuando estalló la guerra. ¿Por qué no hizo nada?

La Paz, febrero 20 de 1879

Señor Ministro:

Instruido de la situación en que se halla nuestro país respecto a la guerra declarada entre esta República y la de Chile, faltaría a un deber de patriotismo si no informase a V. S., para que a su vez se digne poner en conocimiento de S. E., del deplorable estado en que se hallan el pueblo y Gobierno de esta República. Paso pues a cumplir con tan penoso deber.

La opinión pública se pronuncia más y más, en cada día que pasa, contra S. E. el general Daza, por el casi completo abandono en que se hallan los aprestos para la guerra: el entusiasmo del pueblo no se utiliza debidamente, y si se han acuartelado tres batallones de la guardia nacional de esta ciudad, ese acuartelamiento es quimérico, porque en los respectivos cuarteles mal que apenas se encuentra el cuerpo de guardia por falta de armas y de un céntimo de diario que no se les suministra: el parque, uno de los primeros establecimientos que ha debido organizar para la composición del poco armamento con que cuenta para la guardia nacional, no se ha iniciado hasta hoy, a pesar de que pueden disponer de muchosybuenos armeros: el ejército permanente que mal que apenas se compone de tres batallones, una brigada de artillería y un regimiento de caballería, con un total de 1,300 hombres, no se piensa en aumentar ni siquiera hasta el número de 3,000, que pueden armar con otros tantos rifles de precisión que tienen; ni mucho menos se piensa en equiparlos convenientemente.

El erario público se halla exhausto, y aun cuando se ha proyectado contribuciones, y ayer se ha publicado por bando un decreto en que se impone a la nación el empréstito de un millón de bolivianos, es general el rechazo a todo género de contribuciones y empréstitos; y, en fin, el tiempo se pasa en impropios entretenimientos, esperando todo del Perú y nada más que del Perú.

Si de un momento a otro, como es muy probable, se desarrollan las operaciones de la guerra, verá V. S. que este Gobierno no ha de poder movilizar su diminuto ejército en estado de campaña, ni podrá llevar más de 1,500 hombres de tropas regulares y otros tantos de guardias nacionales o, lo que es igual, de montoneros.

En las pocas veces que he podido ver a S. E. el señor general Daza, porque su vida es sumamente distraída, me he permitido insinuarle se sirva llenar las necesidades que dejo apuntadas, porque sus ministros, que deploran tal situación, no tienen la suficiente influencia; pero desgraciadamente no veo nada que satisfaga las aspiraciones del patriotismo, ni mucho menos las que demanda la situación.

Dios guarde a V. S.

J. L. QUIÑONES

Al Señor Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, Lima.