Grau le escribe a Vicuña Mackenna

Si acaso faltara una prueba de lo poco preparado que estaba el Perú para la guerra que Chile tramó desde 1874, bastaría con mostrar esta misiva. En ella, cuatro meses antes de la declaratoria de guerra de Chile contra el Perú, Miguel Grau le aclara a su amigo, el historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna, algunos conceptos vertidos respecto de la sublevación de la flota peruana ante el nombramiento del almirante estadounidense John Randolph Tucker, hecho sucedido en 1866.

 

AImirante Miguel Grau y John Randolph Tucker, a quien Mariano Ignacio Prado intentó imponer como jefe de la escuadra.

 

 

Lima, diciembre 6 de 1878

Muy respetado señor:

He recibido con muy grata complacencia el interesante folleto debido a su brillante pluma, que ha tenido Ud. la bondad de remitirme y en el que con el título de Breves apuntes y revelaciones íntimas ha descrito Ud. con elocuencia y a grandes rasgos los actos más característicos de la vida del tan ilustre ciudadano don Manuel Pardo, cuya alevosa muerte deplora intensamente mi país y cuyo recuerdo será siempre de amarga memoria.

Más que para acusarle recibo de tan valioso presente, escribo a Ud. para rendirle como americano, y especialmente como peruano, el tributo de mi reconocimiento por la manera como ha honrado Ud. la memoria de la figura de más alta talla de la época contemporánea de mi patria.

Y ya que estoy escribiendo a Ud. con el mayor gusto, permítame que sin ánimo deliberado haga ligerísima rectificación a uno de los párrafos de sus apuntes biográficos, en la parte que de alguna manera se refiere a mí, y en los que ha tenido Ud. la fina galantería de apreciarme tan benévolamente, a tal extremo que ha obligado Ud. a mi más sincera gratitud.

Refiriéndose a los sucesos ocurridos con ocasión del cambio de almirante operado en la Escuadra aliada en las aguas de Chile en agosto de 1866, dice Ud. lo siguiente:

“Todos recordarán en Chile que habiendo creído indispensable el Gobierno del Perú colocar a la cabeza de su poderosa pero joven Marina a un almirante extranjero, los fogosos comandantes peruanos de los buques de la Escuadra aliada, estacionada en Valparaíso durante el invierno de1866, Lizardo Montero, que mandaba el Huáscar, Aurelio García y García, comandante de la Independencia, Miguel Grau, de la Unión, en una palabra, la totalidad de los oficiales de mar del Perú, arrebatados por un sentimiento generoso pero fatal de indisciplina, se negaron a aceptar al contralmirante norteamericano Tucker como jefe.

El marino del Norte, a pesar de su renombre y de su tacto, no fue recibido siquiera a bordo de la Escuadra.

Pero una mañana aparécese súbitamente, en la rada  de Valparaíso, un emisario del Perú revestido de los plenos poderes de la dictadura militar. Este emisario era Manuel Pardo, y este, sin bajar a tierra, se dirige a bordo de los buques amotinados e, imponiéndose con una energía irresistible, reacciona todas las voluntades y la Escuadra entra sumisa en el sendero del deber y de la obediencia.

Y en esto había algo todavía de más extraordinario.

Porque esos hombres así vencidos por la elevación moral de un carácter entero y neto fueron desde aquel momento hasta la hora presente los más decididos y entusiastas amigos y secuaces del joven que los había vencido fascinándolos».

Nadie podrá negar ni poner jamás en duda la ciertamente energía  de que estaba dotado el valeroso ciudadano Manuel Pardo, energía de que ha tenido ocasión  de dar tantas pruebas: pero en el caso recordado por usted no se hizo necesario manifestarle porque la Marina Peruana no estaba sublevada, como Ud. ha creído, porque los que estábamos a cargo de esos buques, en ningún caso hubiéramos ofrecido un espectáculo que con justicia califica Ud. como de fatal indisciplina y lo habríamos evitado con razón tanto mayor desde que nos hallábamos en las aguas territoriales de una nación amiga  y empeñados  en una acción nacional de reivindicación y  de honor, que nos imponía más severas y obligaciones.

No es esta la  oportunidad de traer a consideración las razones que determinaron nuestro procedimiento, al hacer observaciones a la resolución del gobierno de nuestra patria para entregar el mando de la escuadra a un almirante extranjero cuando todavía flameaba en el tope mayor del buque, que yo tenía el honor de mandar, la insignia del almirante chileno Blanco Encalada, que tan legítimo renombre ha conquistado en Sud América, en momentos en que estábamos empeñados en una guerra nacional y cuando la escuadra peruana bajo las inspiraciones del honor, del patriotismo y del deber había sabido colocar muy alto el pabellón de la República en las gloriosas jornadas de Abtao y el Dos de Mayo.

Los marinos peruanos creímos de deber inexcusable hacer nuestras observaciones y manifestar nuestra resolución de rescindir al mando de los buques si se insistía en someterlos a una tutela que no vacilamos en calificar de humillante.

Insistiendo el gobierno en su propósito nombró a otros compañeros de armas que debían reemplazarnos y comisionó al esclarecido señor Pardo para entregar el mando de los buques a los elegidos, para reemplazar también las oficialidades que a pesar nuestro habían resuelto separarse y para hacer reconocer como jefe de la escuadra del Perú al almirante extranjero Tucker. Todo esto se hizo antes de que el malogrado señor Pardo hubiese puesto sus pies a bordo de ninguno de los buques de la división, porque a su arribo en el transporte «Chalaco» todos los comandantes fuimos a recibirlo y saludarlo; nos pusimos en el acto a sus órdenes y, en la más cortés y familiar entrevista, resignamos ante él el mando de nuestros respectivos buques y regresamos a entregarlos y hacer reconocer por las tripulaciones a los llamados a sucedernos.

Puede ser muy bien que entonces hubiésemos procedido como Ud. cree, arrebatados por un sentimiento generoso; pero hoy mismo, después de los tiempos transcurridos y examinando los sucesos en una región más serena y más tranquila, no estamos arrepentidos de nuestra actitud.

Nada hay más exacto que asegurar que el señor Pardo desempeñó aquella misión con toda la circunspección y tino político que han caracterizado todos los actos de su vida pública, y nada más cierto también que los marinos a que Ud. se refiere, que antes éramos amigos del señor Pardo, tuvimos después ocasión de ser sus más decididos y entusiastas correligionarios y que hemos hecho siempre justicia a sus virtudes cívicas, a la entereza de su carácter, a la elevación de su talento y a todas las prendas personales que adornaban a ese hombre singular.

Permítame Ud. que concluya, señor Mackenna, porque no podemos escribir con tranquilidad ni recordar fríamente las grandes virtudes de Pardo, que al perderlo, como ciudadano de este país, hemos perdido con él la mejor esperanza del porvenir de nuestra patria querida.

Acepte Ud. mil veces la expresión de mi más cordial reconocimiento y discúlpeme si en gracia del honor de mi carrera, tan susceptible hasta la sospecha, me haya visto obligado a una tal vez inoportuna rectificación que habrá evitado  de buen grado.

Aprovecho esta ocasión para saludarlo y ofrecerle mi humilde amistad, siendo grato suscribirme de usted atento amigo y S.S.

Miguel Grau.

Señor B. Vicuña Mackenna

 

Benjamín Vicuña Mackenna: Reportero de el Nuevo Ferrocarril
Biografía de Benjamín Vicuña Mackenna