CARACOLES, NUEVO POTOSÍ

Grande desgracia fue para Bolivia la existencia de riquezas en el desierto de Atacama, que atrajeron la codicia de su vecino del sudoeste. Si no hubiera contenido nada más que arena inservible habría separado con su enorme soledad las soberanías de Bolivia y Chile, evitando todo roce fronterizo entre ellas.

 

Hilarión Grosolé Daza
(Sucre, 1840 – Uyuni, 1894) Militar y político boliviano, fue presidente de la República entre 1876 y 1879.

 

El guano despertó la codicia chilena, pero no fue, como algunos creen, uno de los factores inmediatos que provocaron el enfrentamiento bélico de las dos repúblicas.
Fue, sí, el iniciador de los problemas de vecindad, mas el Tratado de 10 de agosto de 1866 los solucionó al dividir por mitad el estiércol de las aves marinas existente en la península de Mejillones y sus alrededores.

Así se explotó hasta su agotamiento por medio de contratistas sin que se suscitase ningún problema mayor que la quiebra de Lucien Armand, que fue substituido con ventaja por Enrique Meiggs. Se cumplió el deseo del dadivoso General Mariano Melgarejo, de que fuese un pan que se partían fraternalmente las dos naciones.

Empero, al lado de la codicia del gobierno de Santiago, que se podría llamar codicia oficial, existía la codicia personal de muchos ciudadanos chilenos por otras riquezas que los bolivianos tenían descuidadas en su litoral y que para ellos podían representar un trampolín para saltar de la pobreza a la fortuna.

Era comentario general entre ellos que en un punto de la gran vastedad de Atacama existía una montaña de plata, un nuevo Potosí.

Alguien había pasado una vez por el lugar y vio vetas argentíferas a flor de tierra. Dio la noticia, pero no había sabido orientarse bien y no pudo explicar ni su ubicación aproximada.
Fue con vistas a esa nueva riqueza que, al concertarse el tratado del 66, cuyos principales objetivos eran separar las soberanías de Bolivia y Chile por medio del paralelo del grado 24 y partir salomónicamente el guano de Mejillones, el gobierno de La Moneda, como algo incidental, logró introducir la estipulación de que también debían partirse por igual los derechos de exportación de los minerales que se explotasen entre los grados 23 y 25.

Los negociadores bolivianos, don Mariano Donato Muñoz y don Juan Ramón Muñoz Cabrera, la aceptaron sin darle mayor importancia. Ignoraban que la montaña de plata, según todos los indicios, podría estar ubicada en la parte boliviana de la zona de la mancomunidad y que muchos cateadores, en su mayor parte chilenos, la estaban buscando afanosamente.

Entre los que organizaron las exploraciones figuraron los franceses Latrille, el español Artola, el argentino Elizalde y otros. Quien con más empeño tomó el asunto fue el Barón Arnous de la Riviére (antes del fracaso de su empresa guanera), pues tenía opción a explotar todas las riquezas del litoral boliviano.

Se asoció para el efecto con el chileno José Díaz Gana. Uno de los grupos enviados por éste, encabezado por el cateador Simón Saavedra, encontró, al fin, el ansiado lugar, en 1867, a 63 leguas al sudeste de Cobija y a unas 18 leguas al sur de Calama.

¡Consistía en una serie de colinas que mostraban afloraciones argentíferas!

Se le dio el nombre de Caracoles por la gran cantidad de conchas del molusco marino del mismo nombre que se veían esparcidas por doquier.

La noticia del hallazgo causó sensación, particularmente en Valparaíso y Santiago.
Coincidió con la quiebra de Armand, la rescisión de su contrato y la desaparición del Barón de la Riviére del escenario atacameño.

La plata de Caracoles quedaba a merced de quienes pudieran obtener concesión de estacas de las autoridades bolivianas de Cobija, sirvientes de la generosa administración de Melgarejo.
La fiebre de la plata sacudió a los chilenos como décadas los había sacudido la fiebre del oro, cuando se descubrió la existencia de este metal en California y cientos de ellos, impulsados por un espíritu de empresa o el simple amor a la aventura, se fueron en su busca hasta los Estados Unidos de Norte América.

Ahora el otro metal quedaba muy cerca, en el territorio aledaño al de su patria. En embarcaciones de todo tipo hicieron el viaje de pocos días de los puertos chilenos al boliviano de Cobija y de aquí se internaron en el desierto en mulas, asnos, carretas o a pie, rumbo a El Dorado.

Los caminantes fueron jalonando el trayecto con los cadáveres de aquellos de entre ellos que sucumbían de hambre o de sed. Carretones con víveres o agua eran asaltados muriendo otros en las refriegas.

En los primeros cuatro años se hicieron alrededor de 14.000 peticiones. Caracoles se convirtió en un alborotado campamento minero en el que más de 10.000 seres humanos de los dos sexos, en su gran mayoría chilenos, vivían en casas rápidamente levantadas o en casuchas, tiendas de campaña o cuevas, compitiendo entre sí como empresarios, cateadores, peones, artesanos, arrieros, comerciantes, aguateros, prostitutas, especuladores, etc., etc., etc.

Imperaban las leyes del fusil, el revólver y el puñal. El gobierno boliviano designó un subprefecto y un juez, dándoles unos 20 gendarmes para que procurasen mantener el imperio del orden y la legalidad.
El agua se la traía de Calama, Chiuchiu o Limón Verde. Los víveres, herramientas, pólvora y forraje llegaban desde Chile.

La producción de plata, que tenía un promedio de 50 marcos por cajón, llegó a 80.000 marcos de metal por mes, o sea, superior en un 50 por ciento al total de la producción en los demás centros mineros de Bolivia, incluyendo la famosa mina de Huanchaca.
La terminación del régimen de Melgarejo significó un cambio fundamental en la vida
de Bolivia.

El derrocamiento del tirano, beodo y generoso, romántico y brutal, fue posible al fin, después de seis años, por una combinación de varios factores. Su decaimiento físico desde que meses antes sufriera una caída de su caballo y quedase parcialmente impedido en sus movimientos y desmoralizado. La tozudez de su principal enemigo, el Coronel Agustín Morales, que pudo complotar desde el Perú con la anuencia del gobierno de Lima, colaborado por el astuto político Casimiro Corral.

La traición del Coronel Hilarión Daza, que vendió su lealtad por 10.000 pesos
y se puso en su contra con el aguerrido batallón Colorados.

Melgarejo, vencido en las barricadas de La Paz en el cruento enfrentamiento del 15 de enero de 1871, no tuvo más alternativa que huir al Perú, acompañado por Quintín Quevedo y otros cuatro amigos.

Al Coronel Agustín Morales, ascendido poco después a General y nombrado Jefe Supremo de la Nación, y a su factótum, el abogado Casimiro Corral, les tocó atender la nueva situación creada en las relaciones con Chile a raíz del auge de Caracoles y la demanda del gobierno de Santiago de participar en una mitad de su rendimiento fiscal de acuerdo con las estipulaciones del tratado de 1866 sobre impuestos a los minerales.

 

Fuente:

Roberto Querejazu Calvo, Aclaraciones historicas sobre la Guerra del Pacifico, páginas 28 al 30