La espantosa búsqueda de un pedazo de pierna

En 1890  fueron repatriados desde Chile parte de los breves restos del inmenso Grau.

Pedro Gárezon Thomas, que fue el último comandante del “Huáscar” aquel 8 de octubre de 1879, relata en esta nota como   se produjo el hallazgo de esos despojos. Lo cierto es que esa repatriación  estaba incompleta.

Chile se había quedado con un pedazo de tibia 6 centímetros, 2 escapularios chatarreras,  el lazo de una corona y un libro titulado North Atlactic.
Esas reliquias recién fueron devueltas al Perú en 1958.

 

Restos del Contralmirante Miguel Grau Seminario al llegar a la ciudad de Lima en 1890.

 

Después de abordado el Huáscar”, por embarcaciones al mando del teniente del “Cochrane” y del “Blanco Encalada”, yo me negué a ser conducido prisionero con los 3 últimos oficiales de Guerra de la notación  que quedaron conmigo en combate: tenientes segundos SS. Canseco  y Santillana y el alférez Herrera.

La razón fue por no haber encontrado hasta esos momentos (11: 50 .a.m.) los restos del  contralmirante Grau, y haber sido yo el último en que había recaído el mando del buque.

El primer teniente, señor Simpson, que era el jefe  de los que abordaron el “Huáscar”, me manifestó con su silencio  que podía continuar a bordo y, en efecto, todos los demás fueron conducidos prisioneros  a los blindados, y yo permanecía a bordo hasta las 4 o 5 de la tarde. Cuando las 2 bombas enemigas destruyeron la torre del comandante, cayó un cuerpo a la cubierta  del sollado de la torre de combate, y a la voz de ¡a muerto el comandante! Ese cuerpo fue llevado a la cámara.

Por el humo que cubría todo el sollado y pasajes de combate, no se pudo reconocer el cadáver, así es que durante el combate estábamos en la creencia de que el cadáver del contralmirante estaba en la cámara de popa.

Cuando me quede solo me dirigí inmediatamente  la cámara de popa y todos mis trabajos fueron inútiles: entre todos los cadáveres no se encontraba el que yo buscaba.

Momentos después se me acercó a mí el primer teniente señor Goñi (hoy comandante del “Blanco”); me pregunto por lo que yo con tanto interés buscaba, y le conteste: lo he buscado en las dos cámaras, el cuerpo que trajeron fue del primer teniente Ferré. El cual se ha encontrado integro, vamos a la torre del comandante a buscarlo, a lo que respondió Goñi: ”Aguardemos un momento para que acaben de apagar el incendio en la torre”.

Media hora después se acercó un marinero donde su teniente Goñi  y le dijo que ya podíamos  pasar a la torre.

Con este aviso salimos a la cubierta; Goñi se quedó al costado de la torre  y al lado de afuera, y yo penetre a ella por el lado de babor y por el gran boquete que habían abierto las dos bombas enemigas que atravesaron la torre del comandante, en la dirección de la amura de estribor a la aleta de babor.

Rebuscando los escombros dentro de la torre encontré confundido con las astillas de madera y pedazos de fierro, que allí existían, al lado de estribor  y como a la altura de 1 metro, un trozo de pierna blanca y velluda solo desde la mitad de la pantorrilla al pie, el  que estaba calzado con botín de cuero; y la capellada del botín  hasta había desaparecido como si se la hubiese cortado cuidadosamente con una cuchilla muy fina sin dañarse la suela ni las uñas  de los dedos que estaban completamente desnudos; por la situación  de ellos conocí que era la pierna derecha; esto fue todo lo que encontré de 4 a 5 de la tarde.

Como el teniente Goñi se hallaba en la cubierta y al costado de la torre esperando el resultado, le pase por encima de la torre el único resto  que quedaba de nuestro contralmirante; el llamo entonces a un sargento  y la pierna fue envuelta en el pabellón del bote.

En esta falúa (barco de vela pequeño) del “Blanco” nos embarcamos 3 personas que  fuimos autores de esta triste escena  y  conducimos, a bordo de dicho buque; ese pedazo de patria querida.

El teniente Goñi, que tanto interés manifestó porque se recogieran los restos de Grau, fue desde ese momento el custodio de ellos, y los colocaron dentro de un recipiente con alcohol, a bordo del “Blanco”.

Esa misma noche nos trasladaron  del “Blanco” al transporte “Copiapó”, y al día siguiente, el jueves 9 me mando el comandante general señor Riveros a  un oficial para decirme que nombrara a uno de mis oficiales para que pusiera en tierra (Mejillones de Bolivia), las marcas correspondientes a los cadáveres que se iban a sepultar.

Yo envié en esta comisión al inteligente contador Juan Alfaro  y su regreso me dio parte de que todos los cadáveres quedaron sepultados y que los restos del contraalmirante quedaban en una cajita, habiéndose puesto como distintivo una cruz de madera con letras negras. El teniente Goñi dejo también marcado ese sitio con una bandera peruana.

Los cadáveres de Elías Aguirre (2° comandante), y de los tenientes  primeros: Ferré y Rodríguez quedan igualmente sepultados con sus nombres son sus respectivas cruces.

Yo tengo la plena seguridad  de que esos restos son del contraalmirante Grau:

1° porque yo había estado sirviendo con él 5 años, y

2° porque en la torre del comandante no estaba más personas que él y su ayudante Ferré; el cuerpo de este se encontró integro: luego, lo  que en ese lugar encontré, tenía que ser contraalmirante Grau.

El hoy obispo de Chile, ilustrísimo señor  Fontecilla, fue el primero que le dijo una misa en Mejillones de Bolivia al contraalmirante.

Óscar Viel y Toro (Chile)

Poco tiempo después el señor contraalmirante Viel, de la marina de Chile, pidió a su gobierno por medio de una solicitud, que le permitirá trasladar  los restos de Grau al mausoleo de su familia en Santiago, donde se encuentran los resto del general Viel, veterano de la independencia.

El 22 de junio último el ministro del Perú don Carlos Elías fue en persona a dicho mausoleo para hacer la traslación de los restos a la urna en que fueron conducidos  al Perú. Yo hable con nuestro indicado ministro al día siguiente de la traslación, y según todas las explicaciones que me dio en la casa delegación en Santiago, los restos que traslado eran los mismos que yo saque de la torre el día del combate, y son también los que existen hoy  en el cementerio de Lima.

Al entrar en combate el contraalmirante vestía pantalón azul sin galón levita paletó de paño castor del mismo color con 3 botones prendidos en las bocamangas; llegaba prendidas  las presillas del capitán de navío, calada la gorra  con placa y calzado botines de cuero con elásticos.

La espada se la llevo a la torre del mayordomo Alcíber, poco antes de entrar en combate. El contraalmirante no llego a usar a bordo el uniforme de su clase ni arboló su insignia de contraalmirante.

Mi puesto a bordo, durante este episodio tan memorable, era el  oficial  de Derrota y Señales, mi clase la de teniente primero”.

Pedro Garzón (firmado)

Lima, 4 de septiembre de 1890.