El Huáscar con bandera chilena en Antofagasta

 

El domingo 12 de Octubre de 1879 (segun el diario del británico Edwin Penton), al amanecer, el toque de aviso de nuestro vigía puso en alarma a los pobladores de este puerto, y todos se apresuraban a saltar del lecho para divisar los humos lejanos que, a esa hora, apenas se divisaban en el horizonte: eran el Huáscar y el Cochrane que se aproximaban a nuestra bahía.

¡El Huáscar! ¡El Huáscar!:

He ahí los gritos que con la cara llena de alegría exhalaban hombres, mujeres y niños, que corrían al muelle y a la explanada unos, a los botes y lanchas, otros, para ser los primeros en contemplar o en recibir la nave enemiga, rendida ya, y que ostentaba en su popa la  bandera de Chile.

A las 8:30 am  fondeaban los buques, mientras que multitud de embarcaciones menores llenas de gente, vivaban a Chile y lanzaban al aire gritos de júbilo.

 

El Huáscar después del combate, con indicación de los principales impactos recibidos del enemigo chileno (Engineering 1880, 182).

 

Todo el mundo quería ver, tocar, y subir al barco experuano; y, ¡por qué no!: al pueblo se le concede en estos casos toda satisfacción, porque a él le debemos todo y todo esperamos de él.

Arrastrados por irresistible corriente llegamos también al Huáscar. Antes de trepar a su cubierta, y por el lado de estribor, y a uno o dos pies sobre la línea de agua, vimos seis huellas de otras tantas balas chilenas, que habían llegado al interior del buque la desolación y la muerte.

Los agujeros estaban provisoriamente tapados con planchas de madera, para impedir la introducción de agua que podía penetrar con los vaivenes de la nave.

Parte de la chimenea se hallaba completamente destrozada, y cubierta también con láminas de palastro. El resto del tubo, agujereado en mil partes distintas por balas de rifle y ametralladoras.

Por el lado de babor, había también varios huecos hechos por los proyectiles chilenos, y por todas partes en el exterior podían notarse las huellas palpitantes del reciente y terrible combate.

¿Y qué diremos del interior?

Debemos confesar que nuestra preocupación principal, aquella que más nos dominaba al visitar el Huáscar, era ver el lugar en que había muerto el héroe chileno Arturo Prat.

Así es que lo primero que preguntamos al amable oficial que nos conducía a bordo fue:

Dónde murió Prat?

Aquí, nos dijo, señalándonos un punto de cubierta, situado entre torre de combate y la del comandante.

Y aquí, agregó el marino, sucumbió el sargento Aldea, acribillado a balazos. Serrano murió al bajar del castillo de proa, junto con algunos que lo acompañaban, salvándose otros por casualidad.

¡Ah! es necesario tener en las venas hiel y veneno en lugar de sangre, para intentar oscurecer vuestra gloria, oh héroes sublimes, orgullo de la humanidad, y objeto de culto en nuestra patria!

¡Salve, oh ilustres víctimas del pundonor y de la temeridad más asombrosa!

¡Cada chileno lleva en su alma la idea exacta del sacrificio que cumplisteis, y que transmitiremos a las generaciones futuras, rodeado de toda la veneración y el respeto que merece!

Vimos la torre en que pereció Grau: es hexagonal, formada de planchas de fierro de tres a cuatro pulgadas de espesor, reforzadas con un forro de madera. Una granada venida del lado de babor dio sobre una de las caras, destrozándola completamente, y saliendo por la cara opuesta en la que hizo el mismo efecto“.

Grau fue muerto indudablemente de un modo instantáneo, y hecho trizas.

El primer tiro que se dio al Huáscar, le quitó la vida.

Solo se conserva de él la parte inferior de la pierna, que la llevaban a bordo del Blanco, y unos cuantos dientes que el guardiamarina Leiton había hallado entre los restos de la torre, incrustados en la madera.

¡Pobre Grau! Los chilenos le agradecen el que hiciera justicia a Prat, y no haya tratado de difamar su memoria como lo han hecho el diario oficial del Perú y toda la prensa de Lima.

Era Grau experto marino, sagaz y previsor; sabiendo que todo el poder marítimo de su patria descansaba en el Huáscar, rehuyó siempre toda ocasión de combate, y, cuando lo hizo el 28 de agosto en Antofagasta, fue guardando una prudente distancia, y, puede decirse, fuera de todo peligro.

En Caldera entró cuando no teníamos más cañón que oponerle que uno de 150, a medio montar, y que apenas contaba con algunas municiones.

Burló, cuantas veces hubo lugar, la persecución de nuestros blindados, e hizo hábilmente la guerra de corso.

Como un último homenaje a su memoria, creemos que si él hubiera vivido, el Huáscar se hubiera sepultado en el fondo del océano, en vez de rendirse después de hora y media de combate.

En la torre de combate notamos dos heridas principales:

La primera causada por una bomba que, penetrando normalmente al blindaje lo taladró como a un queso, y fue a reventar al interior, dando muerte adentro al 2º comandante, señor Aguirre y a los artilleros ingleses que manejaban los cañones; y cerca de ahí, otra granada que rompió oblicuamente la coraza, atravesando, lo menos, nueve pulgadas de fierro, y yendo a estallar también dentro, y acabando con otros artilleros y también con el comandante Ferrer, tercero del buque.

Bajamos las escaleras, visitamos el interior de la torre y notamos las huellas de sangre de las víctimas y algunas insignificantes melladuras en el anillo de la culata de uno de los cañones.

La torre, a pesar de tener algunos pernos flojos, gira perfectamente, y el Huáscar puede batirse ahora en defensa del derecho, mejor de lo que se batía ayer combatiendo por el fraude y el pillaje.

Nótese también exteriormente una huella en la torre producida por una bala, que penetra unas tres pulgadas en el hierro, y otra en cubierta, causada por la granada de un fuerte de Antofagasta, que causó la muerte del teniente Heros.

La cámara del comandante fue el lugar trágico por excelencia: allí una bomba que penetra por la popa mata de un golpe a los timoneles y rompe un cable del timón, y otra que entra por babor acaba con los que le reemplazan, y una tercera viene por estribor, y ultima a los que después llegan; y ahí, en un espacio de 18 a 20 varas cuadradas, ¡quedan amontonados en trozos informes, diecisiete cadáveres!

¡Prodigiosa puntería de los marinos chilenos! El comandante primero, los artilleros después y el timón en seguida, todo, en menos de una hora, queda destrozado o muerto, y el buque, a merced de la confusión y el desorden!

La cámara está llena de sangre: los sofás de seda roja, están ennegrecidos con el tinte carmesí que huele todavía a muerte, y en el techo se ven aún restos de pelo, pedazos de piel y de sesos, pegados a la madera.

En la cámara de Grau, de que hemos hablado, volvió a presentársenos la sombra querida y venerada de Prat: allí, tendido en uno de esos almohadones, exhaló el último suspiro.

El salón, donde se halla el comedor, está rodeado por los camarotes de los oficiales, todos en ruina.

La máquina está intacta y funciona perfectamente. Alrededor de ella, y a cierta altura están los camarotes de los maquinistas; por uno de ellos penetró una bomba que destrozó completamente gran parte del maderamen y ocasionó también varios heridos.

En resumen:

El Huáscar está bien agujereado, pero pudo aún batirse, pues conserva intactos, la máquina, las baterías y el timón, y si después de muerto Grau hubiera habido a bordo algún oficial del temple de los héroes, indudablemente que habría podido causarnos mucho mal aún antes de rendirse.

En cuanto al buque, en un mes más puede estar listo para empezar una nueva y gloriosa cruzada: la del derecho, contra la corrupción y la perfidia.

Antes de dejar el Huáscar, nuestra última mirada se detuvo en la rueda del timón en que se leían las siguientes palabras: “Construido bajo la inspección de capitán de navío don José María Salcedo“.

Salcedo era chileno, y ha muerto hace poco en Santiago. Mientras que en el mar satisfacía el pueblo sus deseos, contemplando y palpando la nave rendida, en tierra tenía lugar una ceremonia solemne por la forma, y por los sentimientos patrióticos que infundía.

Formada la tropa desde el muelle hasta el templo, en número bastante crecido, esperaba, haciendo calle, al comandante del Cochrane, que bajaba a tierra conduciendo el pabellón peruano tomado a bordo del Huáscar.

Este pabellón que, izado primero y bajado en seguida para volverlo el enemigo a elevar en su mástil por segunda vez, descendió al fin en signo de rendición, para caer por último en nuestras manos; fue paseado triunfalmente por entre la tropa, presidiendo la ceremonia el señor Sotomayor, ministro de Guerra, el comandante Latorre y el general Escala, acompañados de un numeroso concurso de ciudadanos que unían sus gritos de ¡Viva Chile! a los marciales aires de la canción de Yungay.

Llegados al templo, se condujo la bandera a la torre, donde se la hizo flamear, y donde la contemplaron llenos de orgullo miles de chilenos.

Una proclama del general en jefe circulaba en esos momentos, y el pueblo entusiasmado vivaba a la patria ebrio de gozo y de confianza en el éxito final de la contienda.

 

Nota:

La publicación francesa L’Année Maritime que estudió en 1880, con lujo de detalles, esta campaña, llamó al de Angamos un combate entre las corazas y la artillería. Pero aún en lo que respecta a la artillería, desde el comienzo los chilenos pudieron hacer muchos disparos más que los peruanos con cañones superiores en número y de menor edad. El Cochrane lanzó unos 46 tiros y el Blanco Encalada 31; el Huáscar unos 40. Fue el de los blindados un juego de polígono. La distancia entre los combatientes osciló entre 2000 a 20 metros.

 

Bibliografía:

Castagneto, Piero

1898 , “Corresponsales en campaña en la Guerra del Pacífico 1879-1881″. Chile, páginas 165 al 168.

Maw, W. H. y J. Dredge.

1880,”Engineering An Illustrated Weekly Journal  Vol. XXIX. Londres: Office for Advertisements and Publication”. Pág. 182.