Las decisiones y los temores de Miguel Grau

El comandante del Huáscar

Pensando en nuestro homenaje he seleccionado un punto de vista preciso para las reflexiones sobre el Almirante Grau que propongo ahora a ustedes bajo el título de “Las decisiones y los temores de Miguel Grau” e intentaré subrayar por un lado la espléndida personalidad humana del Caballero de los Mares, con ricas dotes naturales, muy bien trabajadas, y por otro, deseo mostrar a ustedes una faceta humana del héroe de Angamos, la experiencia del temor por la cual pasó Grau, como todos los mortales. Así, pienso que veremos agrandarse a nuestros ojos, en una especie de claroscuro y contrapunto de fuerzas y debilidades, la figura de su alma grande y de sus gestas heroicas.

Deseo detenerme en dos circunstancias de la vida de Miguel Grau Seminario en la época del esplendor de su fama, esto es entre mayo de 1879 y un 8 de octubre de 1879.

Grau en esos difíciles momentos del enfrentamiento de dos países hermanos nuestros, Bolivia y Chile, llegó a ser la esperanza de todos los peruanos y también de los bolivianos, gracias a sus excepcionales dotes de marino, desarrolladas desde su niñez, pero también gracias a la trayectoria de una vida intensa y laboriosa, impecable, tanto en el ámbito profesional y público como en lo familiar y privado.

El inicial enfrentamiento de Chile y Bolivia, como es bien sabido, degeneró en guerra fratricida con la invasión de tropas chilenas a Antofagasta el 14 de febrero de 1879. El Perú entró en la contienda, a pedido de Bolivia, y Miguel Grau recibió el encargo de tomar a su mando la flota peruana y defender con su habilidad personal y profesional, hasta con su vida, a las personas, a los intereses, las posesiones y los puertos tanto bolivianos como peruanos. El monitor Huáscar a la cabeza y otros de menor calado, jugaron un papel decisivo en aquellos meses de 1879, pese a tener al frente suyo a la flota chilena reforzada con tecnología de última generación de la cual los barcos peruanos carecían. Grau consciente del momento y de las circunstancias por las cuales atraviesa entonces el país asume el encargo, con todas las obligaciones y derechos que conlleva.

 Los encargos de Oscar Viel

Pero fijémonos ahora en lo que acontece esos meses en la intimidad del alma del comandante del Huáscar. Intentemos penetrar allí en cuestiones vinculadas al ámbito de su vida privada, de sus relaciones de familia y de amistad.

Me parece que hay razones suficientes para suponer que pasaron por la mente de Miguel Grau temores muy bien fundados en aquellos días.

¿Qué sucedería en Santiago mientras él recibía estos encargos en Lima?

Allí servía a su país, Oscar Viel, distinguido miembro de la marina chilena, esposo de Mercedes Cabero, su cuñada.

Habían contraído matrimonio en 1867, el mismo año que él. No sólo por su estilo humano sino también por su carácter, Oscar Viel se había vinculado profundamente con Grau, con Dolores y con la familia Cabero.Puede decirse (afirma de la Puente)que los Viel integran el núcleo familiar íntimo de nuestro personaje.

El vínculo de afecto y simpatía entre Viel y el comandante del Huáscar había nacido espontáneamente, no sólo en razón del parentesco sino por el afecto y amistad. Una muestra de ello es el hecho de que Grau decidiera enviar a su esposa Dolores a Chile, al hogar de los Viel Cabero, después de un período de falta de salud. El 7 de enero de 1870 Dolores Cabero de Grau llega a Punta Arenas, con la esperanza de recuperarse. Una carta de Oscar Viel a Grau, fechada el 12 de enero, da cuenta detallada del hecho. Transcribo el texto de la correspondencia, que he conocido gracias al libro de José A. de la Puente:

El 7 tuvimos el gusto de abrazar a Dolores -escribe Viel- y usted puede imaginarse cuán pagados estamos de tanta fineza. Muy destruida la hemos encontrado, pero espero que volverá otra. Usted va a creer exageración, pero sin embargo es la verdad. El mismo día que llegó la pesamos y solo alcanzó ochentisiete y media libras, pero ahora así ha alcanzado noventaidos… Come con buen apetito, hace ejercicio y todas las mañanas toma su baño de mar. Las medicinas han sido completamente abolidas y creo que es lo mejor que hay que hacer…“.

Se despide, con un abrazo muy sincero para usted de su hermano, Oscar. Es de suponer el agradecimiento que guardaba Miguel Grau a los Viel Cabero, pues Dolores regresó a Lima el mes de abril de 1870, ya recuperada.

Mientras Grau asume el encargo de comandar el Huáscar, Oscar Viel recibe en 1879 el comando del Chacabuco, uno de los barcos enviados por Chile a su campaña en el norte, hacia el litoral boliviano y las costas peruanas, con órdenes análogas a las del Huáscar. Ante hechos como éstos uno se pregunta:

¿Por qué la vida enfrenta de este modo dramático a naciones hermanas, a parientes tan entrañablemente unidos por el amor, la amistad, por los lazos sagrados de la familia, los más queridos por el hombre sobre la tierra?

Una pregunta grave, sería, que sin duda se formuló Miguel Grau en aquellos momentos. Es lógico que experimentara la dureza de tal situación, y el sentimiento de un temor lo asalta continuamente: ¿y si nos encontramos en el Pacífico Sur el Huáscar y el Chacabuco? Cómo sufriría Miguel Grau con la sola idea de esa dramática posibilidad, que la Providencia no quiso. Lo mismo experimentaría, sin duda, el comandante chileno, tan íntimamente unido al corazón de Grau y a su familia.

La prueba de ese sufrimiento la encontramos en dos cartas que escribe a su cuñada Mercedes, esposa de Viel. El 29 de mayo, después del triunfo de Iquique, refiriéndose a Prat le dice:

El valiente comandante de la Esmeralda murió como un héroe en la cubierta de este buque, en momento que emprendía un abordaje temerario. Yo hice un esfuerzo supremo por salvarlo, pero desgraciadamente fue ya tarde. Su muerte me amargó la pequeña victoria que había obtenido y pasé un día muy afligido. Conservo de Prat, su espada con los tiros, de algunas otras frioleritas que te remitiré oportunamente para que se las hagas entregar a su pobre viuda, que las estimará como un triste recuerdo de su infortunado esposo.

¿Acaso Grau había pensado el día de la victoria de Iquique que podría darse algo similar, si se enfrentaba con la fragata chilena Chacabuco y su valeroso comandante?

Es muy probable, y por eso, en otra carta dirigida a Mercedes Cabero de Viel, fechada el 3 de septiembre de 1879 le dice así:

Te aseguro, querida hermana, que cada día estoy más contrariado por no verle todavía un término a esta guerra, que yo siempre he considerado y considero como fratricida.

En la misma carta, manifiesta una profunda preocupación, ante el riesgo de tener que combatir contra Viel.

Miguel Grau cumple su deber con decisión, no duda al hacer lo que debe, pero siente en lo profundo del alma un desgarrón que le desangra por dentro: el temor de luchar contra el hermano, el cuñado, el amigo, que todo eso y muy querido era el chileno Oscar Viel, para él y para su familia. Este explicable temor, que origina dolor moral, le acompañará estos meses junto al más estricto cumplimiento del deber en lo grande y en lo pequeño.

Pero lo que Miguel Grau no sabía entonces era la excepcional muestra de afecto que tendría Oscar Viel con él después de Angamos. Concluidas las honras fúnebres en Mejillones para los peruanos muertos en el Huáscar, el día 9 de octubre de 1879 fueron sepultados allí.

También los restos mortales de Miguel Grau estuvieron en esa fosa común. Pocos días después, el 26 de octubre, con la autorización de las autoridades chilenas, Oscar Viel obtiene el traslado de los restos mortales de Grau al mausoleo de su familia en Santiago, y así él y Mercedes pueden acoger esos restos como lo que fueron realmente para ellos, los de un hermano y un amigo entrañable. Grau permaneció en el mausoleo Viel hasta su retorno al Perú el año 1890, escoltado por una misión de repatriación presidida por Carlos Elías, ministro plenipotenciario del Perú en Chile.

 El hogar de la calle Lescano

La otra circunstancia en la vida de Grau de estos meses que quiero resaltar, es la experiencia de la cercanía a la muerte. Entremezclada de temores y entereza, de abnegación y serenidad, para Miguel Grau incluía la pérdida de su propia familia. Posiblemente fue más intensa esta experiencia durante el mes de octubre, inminente ya su holocausto. Su carta-testamento escrita a su mujer desde el Callao, da una idea clara sobre lo que pensaba Grau de la guerra y del destino más o menos cercano del Huáscar. No está de más oír nuevamente palabras suyas:

Como la vida es precaria en lo general, – dice Grau- y con mayor razón desde que va uno a exponerla a cada rato, en aras de la patria, en una guerra justa, pero que será sangrienta y prolongada, no quiero salir a campaña sin antes hacerte por medio de esta carta varios encargos; principiando por el primero, que consiste en suplicarte me otorgues tu perdón por si creyeras que yo te hubiera ofendido intencionalmente.

El segundo, se contrae a pedirte atiendas con sumo esmero y tenaz vigilancia a la educación de nuestros hijos idolatrados; para lograr ese esencial encargo debo avisarte, o mejor dicho recomendarte, que todo lo poco que dejo de fortuna se emplee en darles la instrucción que sea posible, única herencia que siempre he deseado dejarles. Esta es pues mi única y última voluntad, que te ruego encarecidamente observes con religiosidad, si es que la súplica de un muerto puede merecer algún respeto…“.

Y continúa enumerando sus encargos, para concluir diciendo:

Me lisonjea (adular) la idea que al separarme de este mundo, tengan mis hijos un pan que comer, pues no dudo que la nación te otorgue por lo menos mi sueldo íntegro, si es que muero en combate.

La muerte efectivamente se acercaba. El temor natural que ésta suscita -en todos los mortales-, no le debió ser ahorrado. Pero también le pesaba el miedo a perder a su mujer y a sus hijos. Esto era para él lo más querido de la vida. Por eso, en los últimos días de su existencia mortal, Grau dedicó un recuerdo constante a su hogar familiar de la calle Lescano en Lima.

Lo que significaba para Grau ese hogar es algo difícil de calibrar, más aún si se piensa en las durezas que debió pasar siendo niño. De la Puente sostiene que allí, en su casa limeña, experimentó lo que es un verdadero hogar. Por ello, el temor de su pérdida debió lacerar al alma de Grau, en la cual se librarían duros combates morales durante esos días finales de su vida.

Los dones más sagrados que recibe un hombre se entremezclan tantas veces en los momentos solemnes de las almas. En la de Grau, no cabe duda que el 8 de octubre afloró con fuerza el don de la fe que había recibido y cultivado, y también florecieron las innumerables virtudes de este hombre extraordinario. Era un cristiano creyente y practicante y había sido coherente con sus principios a lo largo de la vida. De ello hay muestras palpables tanto en su vida profesional, en su vida familiar, en su actuación política y pública, entre los amigos. No podía ser menos con sus propias creencias religiosas. Paz Soldán refiere la despedida de Grau en Lima, antes de salir para el Sur. Ese día Grau le manifiesta haber visitado en la mañana a los Descalzos y recibido allí los sacramentos. Claramente era una preparación espiritual para la guerra y, por lo tanto, para la muerte. Ésta efectivamente le sobrevino, el 8 de octubre de 1879 y lo llenó de gloria, y también al Perú.

El Perú tiene una deuda impagable con Miguel Grau y Seminario. Hoy debemos darle nuevamente las gracias por su vida limpia, por su prestigio humano y profesional, por su personalidad tan bien trabajada, por su lealtad, por su sentido del honor, por amar tanto al Perú.

¡Gracias Contralmirante Grau por estar ahí: en los monumentos, en los textos escolares, en las biografías, en la memoria y en los corazones de los peruanos! ¡Gracias, sobre todo, por habernos dado un modelo peruano al cual volver los ojos en todos los tiempos, un modelo que nos da lecciones permanentes de coherencia y de coraje, de sentido de la justicia, de respeto a las personas y a la verdad!

La Marina de Guerra del Perú tiene el orgullo de contarlo entre sus miembros y hace muy bien en formar a las nuevas generaciones de marinos en el espejo de Miguel Grau. Por su parte, todos los peruanos tenemos el privilegio de ser sus compatriotas y nos reconocemos como peruanos, con gusto, en su figura. Finalmente, Piura se gloría con razón de haberle visto nacer.

 

Por: Luz González Umeres

Fuente:

cervantesvirtual